lunes, 7 de septiembre de 2015

Navegando en un viejo laúd, dos sensaciones.

Ayer unos amigos, Jaime y Olga me hicieron un regalo que me hacen casi cada dos años. Una excursión con un viejo laúd de madera de su padre. Es un laúd que respira autenticidad por todos los lados y que funciona al ritmo de un viejo motor ruidoso y acompasado de más de 80 años. Su ruido no siempre armónico, hace sospechar continuamente que en algún momento se parará, sobre todo después de ver lo que ha constado arrancarlo.


Todo es muy básico en un laúd, y la comodidad no es su fuerte. Es para vivir la autenticidad y sentir el mar. Los desplazamiento por dentro no son sencillos y el movimiento del laúd dificulta cualquier operación. El lugar para sentarse hay que inventarlo porque no es evidente. Las olas marcan rítmicamente el movimiento de sube y baja del laúd, especialmente cuando la mar está un poco agitada. La sensación de mar abierto, una "fluixa" con la que intentamos pescar, (normalmente sin éxito), un costa de acantilados, cuevas y entradas acaban de convertir la experiencia en fabulosa.

 La excursión termina en una cala idílica de aguas transparentes y claras de todos los colores, donde bañarse es un gusto. La vuelta viendo el ocaso en tierra firme cierra todas las sensaciones placenteras que uno pueda imaginar.

Y a pesar de que ha sido un regalo como todos los años, tenía continuamente una doble sensación. Y la tenía porque tenía semejanzas con una patera y me he imaginado un viaje en ella.

Cuando el mismo viaje es un viaje vital a cara o cruz, el vaivén de las olas debe ser un malestar absoluto, el ruido inquietante del motor una angustia, la inmensidad del mar miedo a lo que hay delante, la incomodidad la gota que lo acaba de hacer todo insoportable. Si el motor falla o las olas empiezan a ser más altas del esperado, la desesperación absoluta. Esto sin contar el miedo de cómo te acogerán o si lo harán en el destino final

El mar, el mismo que te puede dar una experiencia de paz y felicidad extraordinariamente placentera, se convierte en un enemigo invencible en según qué condiciones.

El regalo de este año ha sido doble. He disfrutado de la excursión y he hecho una ligera aproximación imaginaria a lo que puede llegar a ser una patera real.

Una patera sólo es una opción si no hay otra alternativa. Si algún día llegan refugiados a mi país, seguro que los voy a ir a  recibir porque, lo que habrán vivido las horas o días que haya durado el viaje, bien se merece un fuerte abrazo para reconfortar todas las últimas sensaciones vitales.





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