lunes, 25 de mayo de 2015

La Nadiya

Vivía en Damasco. Iba al instituto con los chicos y chicas de su edad. La madre trabajaba en una guardería y era profesora de música. Le contagió el gusto por la música y tocaba el violín. Los fines de semana salían con el grupo e iban al cine y a tomar algo. Las vacaciones las hacían toda la familia juntos a ver familiares a otros lugares de Siria. Iban con su coche.

Habían conseguido rehacer la historia y el destino de su familia. Tuvieron que huir hace ya varios años de Palestina porque era imposible vivir allí. Se habían instalado en Siria, adaptado e integrado y habían comenzado una vida nueva. Habían cambiado su cruel destino y esto no es nada fácil.

Pero llegó la guerra en Siria. Atroz como todas las guerras. Injusta e injustificable. Y empezaron los bombardeos. Su casa, como miles de casas más, quedó completamente destruida. La guarderia y la escuela de música también.

Sin trabajo, sin casa, sin posibilidad de comprar comida, sin nada y con mucho miedo de morir, huyeron andando hasta el Líbano, donde los alojaron en un campo de refugiados. Ya llevan un año allí viviendo bajo una tienda.

Cinco millones de personas han perdido la casa en Siria y 1,8 millones de personas han tenido que irse del país. La Nadiya sueña estudiar periodismo para explicar lo que han vivido. Pero ahora no puede hacer nada. Ni siquiera tiene su instrumento musical.

Querrían volver a Siria, pero hoy por hoy no se puede volver. Cuando vuelvan, no habrá nada; ni casa, ni trabajo, ni instituto, nada.

Personas como la Nadiya son las que viajan hacia Europa en barcos precarios. Como el último con 900 personas que se hundió. No son números. Son personas que han tomado esta decisión cuando ya no tenían otra solución. Son gente que busca cambiar el destino de sus vidas, rehacerlas porque alguien decidió destrozarlas sin que ellas pudieran hacer nada.

Cada vez que se hunde un barco, las noticias nos hablan de un numero.

Pero se ahogan personas, ahogan historias personales, ahogan esperanzas, ahogan gritos que piden al resto del mundo que no miramos a otro lado. Y buscamos las causas, como siempre.


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 Articulo publicado en la columna mensual de la revista El Portal de Centelles. (Num 249 Mayo2015)
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